La Recursividad de la pregunta que interroga por la relación mente-cerebro y, una aproximación al argumento del Emergentismo

Toda vez que objetivamos un pensamiento, que lo volvemos un sustantivo del que predicamos algo,  lo asociamos necesariamente a un sujeto, de suerte que  consideramos a éste último ineludiblemente, una entidad cognoscente; toda vez un yo, tú, nosotros, aquélla comunidad, tal escuela, etc., en todo caso, una estructura racional.  Con ocasión de referirnos a lo anterior, podríamos tomar cualquier momento de la Filosofía, desde la Metafísica hasta el Círculo de Viena y encontrar que entre sus tópicos internos, muchos de éstos sino todos, se hallan referidos  a la naturaleza del pensamiento. No obstante que, el pensamiento -claro está- nos es propio, desde historia muy remota y rudimentaria hasta intrincados episodios científicos de la más pura vanguardia intelectual, es sin duda, un espacio opaco y diverso, en y acerca del que la producción y desarrollo  humanos han dejado notas tan variadas como contradictorias inscritas en esta larga cadena evolutiva.

 Cuál sea la naturaleza misma o sentido de esta preocupación ha inquietado ya bastantes genios ocupándoles gigantescos espacios de sistemática reflexión. Por otra parte, está la preocupación por la naturaleza de la materia misma que conforma y/u organiza el intelecto, es decir, la cuestión acerca de la naturaleza genética del pensamiento, su origen, continente o asidero.

 ¿De qué está hecha la estructura intelectual que sostiene desde el acontecer cotidiano de nuestra reflexión hasta la sistematización histórico constructiva de teorías filosófico-científicas?

 La razón se despliega permanente e involuntariamente, aún en la más natural de las actitudes en sentido husserliano; no nos es forzoso situarnos en una problemática dura para asistir a la evidente ejecución de la racionalidad en la propia existencia que, simultáneamente, define y da cuenta de las otras existencias, todas ellas, cual más desgarbada cual más sofisticada, muestras también de éste movimiento natural que es el pensar; en palabras heideggereanas, ser y pensar son una y la misma cosa. Sartre proponía, en este sentido, la naturaleza del Ser como fuga permanente, un incesante salir de sí, siempre referido a lo otro; dicho en otros términos, pensando lo otro.

 Pero, por qué la tendencia a preguntarnos por el origen de nuestras ideas, ergo, por la sustancia de donde manan las mismas; por  la región de toda la intrincada fórmula que es el hombre de donde surge aquello que, sin duda, reconocemos como un pensamiento y que, a lo largo de la historia, ha sido –esta región- elevada a la dignidad de lo divino, reducida a la materia en sentido físico o, incluso, lisa y llanamente denostada y negada. Finalmente, por qué este rasgo de lo humano nos es tan alienante que, una y otra vez, caemos en el artificio de problematizar la naturaleza de lo mental; siquiera su contenido, sino, más bien, la naturaleza misma de la Mente.

 Un Pensamiento es el producto de un Estado Mental x, si no el estado en sí mismo;  éste  a su vez, es siempre una realidad subjetiva e inmediata de un sujeto que, por su parte,  es conciente de su actividad cerebral y, decíamos, capaz de objetivar su propia producción intelectual. Sin perjuicio de lo anterior, hay en el hombre la singular característica de alienarse buscando un sentido que trascienda la intimidad evidente de su ser y que aúne, objetivamente,  la sustancia  inmaterial del pensamiento con el sustrato material del cerebro, en un concepto  mental relacional.

 En este sentido, cabe decir que, el innegable modo de ser epistémico[1] del hombre nos llevará a un círculo sin fin en el que, preguntándonos por la naturaleza del contenido de nuestro pensamiento, nos moveremos hacia el continente de aquél y de allí al proceso de la cognición, más tarde a la inmaterialidad de la representación y luego, ineludiblemente, a la introspección, nuevamente, en busca de aquél sustrato conciente que identifica, de distinto modo según la tendencia que se acoja, el soporte de la racionalidad y, consecuentemente, el carácter –nuevamente- epistémico del ser del hombre que, entre las cosas, no puede más que volcar su ocupación  al acceso de éstas, en un sentido ineluctablemente intencional.

 En este sentido, estamos de acuerdo con la idea tantas veces desarrollada a lo largo de la historia que versa sobre la imposibilidad de dar solución radical e incuestionable a la cuestión acerca de aquella opacidad del nexo entre el cerebro material y la inmaterialidad de la conciencia.

 El hombre se hace preguntas, en efecto, sólo en cuanto sujeto cognoscente: hacérselas, esperar una respuesta y admitir o rechazar las que se reciben, implica operar tanto con la categoría del ser como con la del conocimiento. El mundo, en cada una de sus partes y en su conjunto, es para nosotros el mundo percibido y pensado, descrito y explicado, analizado y comprobado, el mundo del sentido común y de la ciencia: en una palabra, el mundo en cuanto conocido. Y lo que no conocemos lo situamos en la prolongación de lo conocido; lo conectamos con él, fantaseando, conjeturando, especulando, calculando, rotulándolo ‘des-conocido’; en una palabra, otra vez, tragándolo cognoscitivamente’[2]

 En acuerdo con lo anterior, la posibilidad de establecer –arbitrariamente- una relación entre nociones estrictamente intelectuales y otras materiales, pasa por definir una conexión causal entre estos estadios o, de otro modo, redefinir una de estas esferas en función de términos propios de la segunda esfera o, en otro caso, identificar un momento con el otro, eso sí, determinando ésta identificación en términos que van a depender del compromiso ontológico que se establezca previamente.

 Ahora, la Filosofía en general y, particularmente, la recientemente denominada Filosofía de la Mente, ha dado distintas respuestas al problema de  cuál sea la naturaleza genética del pensamiento.

 Vamos  a decir acá que el problema parte del pensamiento como objeto y no de aquélla estructura cuya naturaleza intentamos elucidar puesto que, no nos enfrentamos a la problemática que esta ‘relación’ suscita sino hasta que, lenguaje mediante, accedemos  a un pensamiento –como resultado-, ya definido. En este sentido, avalan nuestra postura inicial provisoria, la condición constructiva inherente al desarrollo del pensamiento como  conjunto y, sin duda, también, la naturaleza acumulativa, serial y hereditaria del uso del lenguaje y, consecuentemente, de la información que éste es capaz de transmitir[3]. Con lo anterior nos referimos a que, aún cuando todo ser humano nace con cerebro y cierto aparato intelectual complejo que nos anuncia un ‘Yo’ inmediato y distinto de otros ‘yoes’,  no nos problematizamos la naturaleza de la relación del resultado inmaterial que reconocemos como pensamiento y, eventualmente,  asociamos al concepto de ‘mente’, ‘yo, ‘ego’, etc., y el cerebro mismo, sino hasta que nos hemos ante la complejidad del pensamiento y la evidente independencia que detenta respecto del resto de nuestra constitución bio-física.

 ‘En cuanto  a mí, jamás presumí que mi espíritu fuera en nada más perfecto que el común de las gentes; aún a menudo deseé tener el pensamiento tan pronto, o la imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan amplia, como algunos otros. Y no sé de otras cualidades que éstas que sirvan a la perfección del espíritu, puesto que respecto de la razón, o el sentido, siendo la única cosa que  nos hace hombres y nos distingue de las bestias, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros, y seguir en esto la opinión común de los filósofos, que dicen que el más y el menos existen solamente entre los accidentes, y no entre las formas, o naturalezas, de individuos de una misma especie’[4] 

 En el entendido de que, el tema a tratar es una motivación estrictamente y, más allá, intrínsecamente humana, vamos a mostrar –por razones de espacio, muy sucintamente- la solución clásica del empirismo a un problema de corte transversal en la historia de la Filosofía y que, postreramente, ha tomado nuevos matices que, sin embargo, en opinión de quien escribe, nos remontan a planteamientos más antiguos de estas mismas problemáticas que, atendidas de distinto modo, fueron respondidas más acabadamente. En el fondo -nos parece-, el tema es tan oscuro que, la simpleza de la respuesta humeana parece más adecuada que la dada por los llamados Materialistas Emergentistas y su argumento deus ex machina acerca de la propiedad de la materia denominada –por estos autores-  ‘Emergencia’.


[1] Por modo de ser epistémico vamos  a entender acá, el modo de ser de lo humano por definición tendiente al conocimiento.

[2] Jorge Millas. Idea dela Filosofía. Pág. 183

[3] En un sentido de ordenamiento relacional, vamos  a decir que, aunque cada ser humano nace con la función incorporada del pensar, no nos problematizamos la naturaleza de ésta sino hasta que tenemos un resultado de la misma, un pensamiento, objeto de nuestro interés analítico.

[4] René Descartes. Discurso del Método. Págs., 28,29.

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